Tras los pasos de una mendiga decente

La abuela Juana es una conocida indigente que ha pedido limosnas, en la estación de metro El Golf, durante más de 15 años. Los empleados de este lugar la conocen bastante bien, ya que les ha contado sus historias (todas muy conmovedoras), y que la han convertido en todo un personaje dentro del círculo laboral.

                                            

                                                        Por Rodrigo Pérez Maldonado

 

Cada día, centenares de personas se suben a la estación de metro El Golf, con el fin de dirigirse a sus respectivos trabajos.

El trayecto no es complicado, las calles son perfectamente transitables, y casi no hay “eventos” que puedan ocasionar algún tipo de problema o accidente a los peatones. Tampoco hay mendigos, mucho menos borrachos que puedan perturbar el bien público. Es decir, para todo ciudadano del barrio El Golf, el camino a la estación de metro es absolutamente apacible, y sin novedades.

Sin embargo, al bajar las escaleras que dan paso a la boletería, descubren a quien podría ser la única mendiga del lugar, pidiendo limosnas.

La anciana (de unos 70 años, aproximadamente) viste un sweater de lana negra en buenas condiciones, sus zapatos del mismo color no dan indicios de ser muy maltratados ni antiguos, y su perfume, muy característico, le da un status bastante particular frente a la gente.

Quizás sea por esto que ocurre lo más extraño que se podría pensar, de un barrio en que la mayoría de las personas son de clase media- alta: la mujer no les genera ningún tipo de repulsión, y ha llegado (la mayoría de las veces) incluso a ser respetada.

En cuanto a esto, una de las auxiliares de la estación de metro El Golf, doña Verónica Inostroza (57 años), declara: “Ella nunca viene cochina. Viene olorosita, usa su perfume, viene bien vestida, es bien educada. La gente de repente le conversa, le tienen harto cariño, es que lleva harto años”.

Tanto tiempo ha estado, que incluso los empleados de la estación le tienen un apodo: “la abuela Juana”.

“Ella lleva más de 15 años aquí, no se ha ido. Es que tampoco hace problemas, sólo se pone ahí y pide plata, sino ya no la hubieran dejado ponerse aquí”.- continúa doña Verónica.

No obstante, la “abuela Juana” es un personaje bastante reconocido por la gente del sector, no sólo porque se vista bien o porque manifieste unos modales (para muchos) realmente “envidiables”; sino también porque lleva consigo una historia realmente increíble, relacionada con su pasado.

Según testimonios de doña Silvia Fuentealba (48), también auxiliar del metro El Golf, y que dice que “la anciana le cuenta sus historias a todo el mundo”, cuenta:

“Ella había sido nana, de por aquí. Tuvo problemas con la patrona, la echaron, y entonces se puso a pedir plata para vivir. Se instaló aquí, y le fue bien, entonces por eso pide en esta estación… porque le resultó más fácil pedir, que trabajar”.

Doña Silvia interrumpe su testimonio por un momento, para barrer el sector contiguo al pasa-manos. A continuación, se dirige a la escalera en donde dice que se instala la “abuela Juana” todos los días, y prosigue: “Tengo que barrer aquí, antes que llegue (la anciana), porque como le cuesta más moverse porque es viejita, prefiero no molestarla”.

Luego de unos minutos aseando, doña Silvia continúa narrando su testimonio: “Bueno, antes de que la abuela Juana se fuera de la casa donde trabajaba, ella vivía con uno de sus hijos (el otro estaba preso, y todavía lo está según me cuenta). Y cuando ella renunció y se vino a pedir aquí, no sé qué habrá pasado pero el hijo terminó pidiendo plata igual que ella….A él lo único que se le escucha decir es “tengo hambre”, por eso a veces también la llamamos la abuela de los tengo hambre”.- destaca la auxiliar.

 

 

  

Retrato de la “abuela Juana” realizado por Carolina Pérez (mi hermana, quien me acompañó uno de los días que fui a reportear). La anciana cedió amablemente a que la dibujaran, sin embargo no aceptó ningún tipo de entrevista.  

 

Así, otro de los tantos misterios que rodea a esta anciana es si verdaderamente habría dejado botado a su hijo, en la miseria de vivir en la calle. Doña Verónica dice, enfatizadamente, que él ya era mayor de edad en tal momento, y que ésta habría sido la principal razón que condujo a la abuela Juana a “desprenderse” de la dependencia con su hijo. Sin embargo, la auxiliar declara férreamente:

“Yo creo que gran parte de lo que ella gana se lo da a él, tengo esa impresión. Es su mamá……”.

Lo cierto es que esta anciana, en sí, es un misterio. Nadie sabe cómo se llama, ni dónde vive. Porque sí se sabe que tiene un hogar, y que no duerme en las calles. Otro de los escasos antecedentes conocidos, es que ella no vive con su hijo, que éste vive en la calle y que, sin lugar a dudas, le va bastante bien pidiendo limosnas.

“De repente, la veo que vende pañuelitos desechables, pero casi siempre la veo pidiendo”.- declara José Zapata (42 años), uno de los cajeros que han atendido en la estación de metro El Golf desde hace más de cuatro años.-“Yo creo que le iría peor si se dedicara solamente a vender, porque las personas le dan plata, y creo que no es poca”.- detalla el empleado.

Al hablar de la abuela Juana, don José demuestra un marcado interés por el tema. Se nota contento al hablar.- “Es que esta señora es todo un personaje. De repente se pone a hablar cada tontera, tiene buen sentido del humor, y cuando le sale una talla buena, pucha que es buena”.- declara.

“Por eso todos la quieren, porque es muy cercana con la gente. Hasta me trajo un regalo para la navidad, y ella apenas tiene para vivir y anda dando regalos. Nos llevamos bien, aquí todos le tienen cariño”.-

De pronto, don José, se detiene en un punto bastante interesante y curioso.

– “Por ejemplo, había un matrimonio que el hombre le dijo a su señora que después de morir le diera plata (a la abuela Juana) todos los días. Y ella ha tenido que cumplir, porque el señor se murió hace unos meses. Entonces ahí tú te das cuenta de lo mucho que la quiere la gente aquí”.

¿Quién fue ese hombre? ¿Qué parentesco pudo haber tenido con la abuela Juana? Ninguno de los empleados del metro sabe muy bien la respuesta, pero existen ciertas especulaciones, como las que dicen que la anciana habría sido una gran amiga de este hombre.

Otra habla de un parentesco directo, de que habrían sido primos, como dice haberle escuchado alguna vez (a la propia mendiga) doña Verónica Inostroza.

Un tercer testimonio, de parte de uno de los guardias de seguridad de la estación, Hugo Salazar (50 años), da cuenta de que este fue un simple y poco relevante acto de solidaridad, y que ambas personas no tenían ningún vínculo.

En fin, esta es una de las tantas interrogantes que involucra el mito de la abuela Juana, y que difícilmente podría llegar a ser resuelto en lo oportuno.  Ninguno de los empleados del metro puede tener absoluta fe de lo que ahí ocurrió, ni tampoco se ha podido ubicar testigos externos a la estación de metro.

Otra de las interrogantes que involucran a esta mujer, se relacionan a cómo ha podido mantenerse en el mismo lugar por tantos años (más de quince años), sin aburrirse ni intentar cambiarse de localidad. Parece evidente que la explicación de este vínculo, tan fuerte, con el lugar (la estación de metro) se remite a su pasado, y de cómo ella vivió la mayor parte de su vida creando y sustentando a una familia, que terminó por destruirse.

Nadie ha podido averiguar si es que, esta anciana, se casó con el padre de sus hijos, y si así fuera, cómo es que terminó por abandonar a su familia.

En este sentido, son muchos los testimonios que hablan de que esta mujer fue feliz en este lugar, y que es por ello que no ha podido irse.

 .-“Uno la ve como una mendiga, pero ella no era así, por lo que me ha contado. Aquí tuvo a sus hijos, aquí los crió, los educó, trabajaba y le iba bien.  Hasta que al hijo mayor lo llevaron preso. No sé qué habrá hecho, pero le dieron hartos años…si todavía no ha salido. !!Y todos los años que la señora ha estado aquí hablando de su hijo preso¡¡”.- declara doña Verónica Inostroza.

La auxiliar de la estación del metro, interrumpe su relato abruptamente. Dice que no va a hablar más del tema, que le cuesta. Por supuesto que es entendible, ahondar en este aspecto no es fácil, mucho menos si lo hace una persona ajena a esta historia.

Luego de un rato de silencio, doña Verónica continúa dando testimonios. Se nota muy incómoda, por lo que sólo se remite a conversar de la relación que ha mantenido la abuela Juana con su hijo mayor (preso). – “De repente ella va a ver su hijo a la cárcel, yo creo que se ha acostumbrado, porque incluso antes de que lo tomaran preso, ya lo habían agarrado varias veces (refiriéndose a los carabineros)”.- destaca.

En este sentido, la interpretación  de doña Verónica se relaciona con que el encarcelamiento del hijo mayor fue el comienzo de la serie de desgracias que tuvo que pasar la mendiga, entre ellas el hecho de irse a vivir en la calle, y el abandono de su otro hijo. Este raciocinio no pareciera ser, de ninguna forma, errado ni muy lejano con la realidad, de hecho, uno de los guardias de seguridad cree exactamente lo mismo.

 

“Malcrió a sus hijos creo yo, primero uno que se va a la cárcel, y el otro que prefiere pedir que trabajar. Igual que su mamá, pero por lo menos es más joven y tiene más posibilidades de surgir. Yo todavía no entiendo cómo no ha podido ayudar a su madre, si es una pobre anciana.”.-enfatiza don Adrián Santibáñez (52 años), empleado de la estación El Golf desde hace más de tres años.

 

Otro punto importante a tratar, lo constituye quizás, uno de los episodios más importantes en la vida de esta anciana.

“Hace como tres o cuatro meses, la señora me contó que iba a ser abuela: su hijo (refiriéndose al menor) iba a ser papá. Eso la tuvo contenta harto tiempo, pero ahora se le ve desganada. Tal vez se pelearon, porque ahora ya ni habla casi de él”.-dice doña Verónica Inostroza.

 

Viene uno de los metros. Son las 7 y media de la tarde, y es bastante la gente que llega de su trabajo, por lo que el bullicio interrumpe el testimonio de esta auxiliar. Un par de minutos después, continúa con su reflexión dejando de lado, por unos momentos, sus labores.

“No sé qué habrá pasado con eso (en referencia al tema de la relación de la mendiga, con su hijo). Ojalá lo ayude, porque si todavía sigue pidiendo en la calle, no sé cómo podrá darle de comer a la guagua. Porque, lo más seguro, es que la madre de ese niño también esté en la calle”.

La mujer se nota muy afectada. Decide no continuar con la entrevista, despidiéndose cordialmente.

No es para menos. La vida de la abuela Juana no es, de ninguna forma, algo agradable de contar. Los sufrimientos que ha tenido que pasar esta anciana, han impactado incluso a la gente que la rodea, por lo que muchos han decidieron no hablar, ni referirse a los temas más delicados; pero que, en cierta forma, marcan la particularidad de esta increíble historia.

El abandono de su hijo menor, la ruptura de su núcleo familiar, el encarcelamiento de su hijo mayor, la marginalidad de su ambiente, y la penosa y condenada vida que le espera a su nieto, son sólo algunos de los puntos que hacen de esta historia algo profundamente impactante y, a la vez, espantoso.

No queda nada más que esperar a que el tiempo se encargue de mejorar la vida de esta anciana, que para muchos ha parecido ser casi una molestia, y hasta un “estorbo”. La abuela Juana vive su propia existencia, la que nadie ha parecido alterar más que sus hijos.

Ella no cuenta con nadie más que con la pequeña ayuda que le pudiesen brindar, sobre todo, los pasajeros del metro. Quienes la conocen han visto cómo su mundo se ha ido desplomando más y más, y sin embargo ella siempre sigue mostrándose serena y risueña. Cuenta sus historias como si fueran anécdotas agradables de relatar, pero todos saben que no es así.

Lo más probable es que quienes se han convertido en sus “amigos” durante los últimos años, los empleados de la estación de metro El Golf, pronto se marchen ante la vertiginosa rotación que tienen los cupos de trabajo en nuestro país. Por lo que, perderá los pocos vínculos fraternales que la han mantenido por tanto tiempo en este lugar.

Y allí seguirá ella, sentada en los mismos escalones, conociendo a nuevas personas, y pidiéndoles limosnas a los mismos pasajeros que por tanto tiempo la han ignorado.

El pasado, el presente y futuro de esta anciana, y de quienes la rodean (sus hijos, sobre todo), pareciesen estar determinados por la miseria. No hay palabras que pudiesen describir, de forma satisfactoria y clara, la terrible sensación que aqueja a quienes hayan conocido a esta “mendiga decente”.

 

Anuncios